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A veces descubro escritores gracias a que aparecen insistentemente en los anaqueles de las librerías. Uno de los principales motivos suele ser que un premio les ha catapultado a la fama. En el caso de Patrick Modiano, escritor francés de largo recorrido, el pasado año se le concedió el Premio Nobel de Literatura, aunque en la década de los 70 ya recibió el Gran Premio de Novela de la Academia Francesa y el Premio Goncourt.

En una primera investigación sobre el escritor encontré que uno de sus escenarios reincidentes es la ocupación alemana de Francia durante la Segunda Guerra Mundial. Por ello sus tres primeras novelas se han agrupado bajo el nombre de la trilogía de la ocupación.

Pero al final, cuando entré en una librería con la intención de comprar una de sus obras, acabé comprando En el café de la juventud perdida, sin más criterio que su título y la lectura de la reseña de la contraportada:

“Paris años 60. En el café Condé se reúnen poetas malditos, futuros situacionistas y estudiantes fascinados por la bohemia parisina.”

Sin embargo, el punto central de la novela no es el café Condé sino el personaje de una misteriosa muchacha llamada Louki, imagen caleidoscópica y fugaz en torno a la que los demás personajes construyen sus historias.

El vagabundeo por Paris, en una insistente descripción del recorrido por sus calles, es el hilo conductor del argumento. Las zonas “neutras”, los paseos al amparo de la noche, las calles marginales a la luz del sol, o las bocas de metro son los  trayectos vitales de personajes que aparecen y se desvanecen, dejando tras de si un rastro de ausencia y agridulce amargura.

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