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La lluvia es una canción sin letra

Hace muchos años, en la mañana de Reyes, me rodeaba de los libros que habían llegado mágicamente hasta mis zapatos, me instalaba en el sofá y comenzaba a leer. Sólo la voz de mi madre llamándome a comer o la inevitable hora de dormir interrumpían mi trance. A veces ni tan siquiera eso, porque continuaba con una linterna bajo las sábanas hasta que un grito o el sueño me vencían.

Esta novela me ha hecho recordar aquellos tiempos, navegando entre aventuras, fuera del tiempo, devorando novelas en un día y conteniendo la respiración hasta leer la última página.

Este es el texto de la contraportada:

Ángel Gil Cheza encontró, mientras trabajaba como arqueólogo, los restos de una chica enterrada en extrañas circunstancias a principios del siglo XI en la Irlanda vikinga. Desde el primer momento sintió un vínculo especial. La lluvia es una canción sin letra intenta explicar lo que pudo ocurrir años atrás, pero es solo ficción. O quién sabe. La verdad de las cosas no importa tanto como lo que sentimos, y sentir nos puede llevar a esa verdad, de algún modo.

La lluvia toca sus notas sordas contra la hierba. Y somos pentagramas en blanco que rellenamos con notas sueltas que gotean de un beso, el sudor de un goce o una lágrima muda cuyo grito apagado es ahora una corchea salvaje e indomable como una joven pelirroja que levantaba espadas tan altas como ella y esparcía las tripas de sus enemigos de su pueblo por toda la isla de Irlanda. El amor es una putada, una bendición que trepa desde los pies a los genitales, que se abren como bulbos y se abrazan, llega al corazón, que, desprevenido, se rinde vencido sin parar de luchar, donde acaba anidando, como ave rapaz que es. Esta química tan sencilla fue la que desnudó a un joven nórdico, tan hermoso como una mujer y tan fuerte como una tormenta, de su coraza de combate, que lo mismo le protegía de un hacha enemiga que de una peligrosa caricia. La lluvia continuó con esa magia de pintar los campos verdes otros mil años. Un librero valenciano cree huir de la justicia pero se esconde de sí mismo, y descubre en una isla gris, verde y húmeda que somos de donde se nos quiere y no de donde venimos. La lluvia toca su canción y cada uno escribimos nuestra letra. A veces, con suerte, la melodía acompaña y nuestra letra es clara, precisa, como una mirada entre amantes que no saben decir mañana.

El relato no es tan lírico como puede parecer, pero si más épico, y el argumento avanza en dos líneas temporales paralelas:

Irlanda a comienzos del s.XI. Dublín está en manos del rey vikingo Sigtrygg, y el rey Máel Mórda de Leinster es su aliado. Sin embargo el rey que ha gobernado la mayor parte de las tierras irlandesas es el rey Brian Boru de Munster. El encuentro definitivo entre ellos será la batalla de Clontarf, el 23 de Abril de 1014 (viernes santo).

Y la Irlanda del s.XXI. Josep llega a Dublín para participar en una excavación arqueológica en las afueras de la ciudad, y al mismo tiempo distanciarse de su país y de sus problemas. El descubrimiento de un esqueleto, diferente a los demás, cambiará su vida. Es en esta Irlanda verde y lluviosa donde una joven acordeonista le dirá:

– Mi padre solía decir que la lluvia es una canción sin letra. Cuando llueve recordamos todos los momentos importantes de nuestra vida en que lo hacía. Como nos pasa con las canciones, a veces.

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