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Tagore

Décimo libro para el reto “12 meses, 12 libros”.

Esta vez he elegido un libro de poemas, con la intención de que en el balance final de este reto aparezcan reseñas de los principales géneros literarios que se apretujan en mis estanterías.

Hace bastante tiempo que compré este libro y, pese a ello, todavía puedo saber qué motivo atrajo mi interés hacia este escritor hindú; fue un motivo sentimental, un recuerdo de infancia.

El recuerdo está desdibujado: la oscuridad del salón de actos de mi colegio y en el escenario una obra de teatro titulada “El cartero del rey”. Pero la emoción que lo acompañaba aún está viva: ternura. Su autor R. Tagore.

En este pequeño volumen se agrupan dos colecciones poéticas, siendo ambas una sucesión ininterrumpida de poemas, con una duración entre dos y cuatro versos, independientes entre si, pero piezas de una misma visión del mundo.

Luciérnagas comenzó a gestarse a raiz de una visita de Tagore a China y Japón, donde mucha gente le pidió que escribiera sus pensamientos en abanicos o en pedazos de seda. Terminaría su redacción en Hungría, en 1926. Diez años antes había escrito Pájaros Perdidos, pero este poemario comparte con el primero una estructura muy similar.

De este modo pueden encontrarse muchos poemas que recuerdan la sutileza de los haikus:

Los pájaros perdidos del verano vienen

a mi ventana, cantan y se van.

Y las hojas secas de otoño, que no saben cantar,

vuelan y caen frente a mí con un suspiro.

En la montaña, la calma se eleva

para explorar sus propias alturas;

en el lago, se detiene el movimiento

para contemplar su profundidad.

También hay reencuentros con poemas conocidos:

Si lloras al perder el sol, también perderás las estrellas.

El arco le susurra a la flecha, antes de que ésta

salga despedida: “Tu libertad es la mía”.

Poemas contundentes:

La mente que es toda lógica,

como el cuchillo que es todo filo,

hace sangrar la mano que la utliza.

Quien está demasiado tiempo ocupado haciendo el bien

no encuentra tiempo para ser bueno.

Nos ganamos la libertad

cuando ya hemos pagado todo el precio

de nuestro derecho a vivir.

Y pequeñas joyas

Moriré una y otra  vez para aprender

que la vida es inagotable.

Hoy, mi corazón sonríe

tras una noche de lágrimas,

como el árbol mojado que reluce bajo el sol

cuando ha cesado la lluvia.

Que los muertos se queden con la inmortalidad

de la fama; para los vivos,

la inmortalidad del amor.

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