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ArluxAyer regresé a casa, después de  pasar dos días en una casa rural. Dicho así parece bastante simple… y lo es.

El mes pasado disfruté de la mitad de mis vacaciones. Estuve en muchos sitios increíbles en compañía de gentes muy queridas. Comí más exquisiteces, e incluyo las comidas caseras, que las que mi cuerpo puede procesar sin redondearse… ¡este es uno de los “peajes” que hay que  pagar por visitar el norte!. En la tarjeta de mi cámara hay más fotos que tiempo para ordenarlas, y ésto me provoca la incómoda sensación de que tengo algo pendiente…

Y sin embargo no regresé descansada al trabajo, no en el sentido que para mi tiene el verbo descansar. La previsión inicial de pasar unos días “viendo crecer la hierba” se había ido al traste. Al consultar en la agenda mis previsiones para las semanas por llegar, descubrí que todos los fines de semana lucían el cartelito de “completo”, menos uno. Y no me lo pensé dos veces.

Me lancé a buscar casas rurales que alquilaran habitaciones, en un radio no más lejano de cincuenta o sesenta kilómetros, rodeadas de naturaleza verde, de silencio, de quietud… y cuando me vi buscando en el Baztán pensé en un amigo del valle. ¡Qué mejor que alguien que conoce la zona y te conoce, para que recomiende dónde buscar!. Él me dió un nombre, “Urruska” y afirmó: está perdida en el monte y rodeada de árboles, te gustará.

Hice una reserva de dos noches, ¡un milagro en Agosto!, apañé una maleta pequeña y me fuí. Cuando el coche zigzagueaba, escalando los diez quilómetros que separan la casa de Elizondo, por una carretera en la que hay que orillarse para que pasen los coches que circulan en sentido contrario, con túneles verdes de hayas, fresnos, robles… empecé a notar que me invadía la calma y la felicidad.

El caserío me recibió con esos detalles que dan la bienvenida a un lugar: objetos tradicionales en cada rincón, suelos crujientes bajo los pies, y ese olor tan especial de las casas de antaño, mezcla de madera encerada, ropa secada al sol y una pizca de humedad. Su dueña me ofreció hospitalidad y, cómo no, comida casera con una sonrisa.

http://urruska.com/

Perdida en laderas de helechos que me llegaban al pecho, paseando hasta lo alto de la colina para ver el valle francés vecino, escribiendo en un banco de madera bajo los fresnos, he disfrutado de algo que tiene que parecerse mucho al paraiso…

urruska desde lo alto

Urruska desde lo alto

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