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Hay géneros literarios que atraen por su contenido, pero tras la lectura de los primeros capítulos la buena intención se desbarata. Dejando a un lado los lectores “todo terreno” que leen, sin perder una pizca de entusiasmo, cuanto cae en sus manos, cada cual tenemos uno o varios géneros que esquivamos con elegancia. En mi caso ésto sucede con las biografías.

Llevaba varios meses, desde la feria del libro del pasado año, rondando este libro de Rosa Montero. La escritora me gusta, pero no tenía muy claro que la biografía de Marie Curie fuera a “enganchar” mi atención hasta el final.

Y ha resultado que si. Los capítulos han ido pasando suavemente hasta llegar al breve díario que Marie Curie escribió al quedarse viuda, y que provocó la redacción de esta biografía.

Pero hay más.

La autora va tejiendo, poco a poco, la historia de la científica polaca con la suya. Entremezcla fotos del s. XIX con instantáneas de su propia vida, coteja sentimientos, identifica similitudes, y realiza su propia catarsis.

Y mientras avanza a través de la biografía de Marie Curie, Rosa Montero se detiene también en situaciones vitales como la pareja,

Hay una frase genial de un cómico francés llamado Arthur que dice así: “El problema de las parejas es que las mujeres se casan pensando que ellos van a cambiar y los hombres se casan pensando que ellas no van a cambiar”.

la creatividad,

La creatividad es justamente eso: un intento alquímico de transmutar el sufrimiento en belleza. El arte en general, y la literatura en particual, son armas poderosas contra el Mal y el Dolor. Las novelas no los vencen (son invencibles), pero nos consuelan del espanto. En primer lugar, porque nos unen al resto de los humanos: la literatura nos hace formar parte de todo y, en el todo, el dolor individual parece que duele un poco menos. Pero además el sortilegio funciona porque, cuando el sufrimiento nos quiebra el espinazo, el arte consigue convertir ese feo y sucio daño en algo bello.

o la muerte

La Muerte juega con nosotros al escondite inglés, ese juego en el que un niño cuenta de cara a la pared y los otros intentan llegar a tocar el muro sin que el niño les vea mientras se mueven. Pues bien, con la Muerte es lo mismo. Entramos, salimos, amamos, odiamos, trabajamos, dormimos; o sea, nos pasamos la vida contando como el chico del juego, entretenidos o aturdidos sin pensar en que nuestra existencia tiene un fin. Pero de cuando en cuando recordamos que somos mortales y entonces miramos hacia atrás, sobresaltados, y ahí está la Parca, sonriendo, quietecita, muy modosa, como si no se hubiera movido, pero más cerca, un poquito más cerca de nosotros.

Recomendable.

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