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Becas flacas

Segundo título del reto “12 meses, 12 libros”.

He llegado un poco justa para leer este segundo libro, pero la tranquilidad del lluvioso fin de semana me ha dado el tiempo que necesitaba.

Este ejemplar de mi biblioteca es la primera edición de la editorial Anagrama, impresa en 1997.

Los nombres de Tom Sharpe y Wilt no me eran desconocidos, pero todavía no había leído ninguna obra de este escritor, que está considerado como el paradigma de la sátira inglesa.

Ha sido un momento adecuado para leer esta  novela, pues durante los últimos años he tenido la ocasión de conocer a un puñado de ingleses…

La historia comienza con la sospecha de asesinato del anterior Rector del Porterhouse College de Cambridge, el difunto Sir Godber Evans. A partir de esta primera hebra, el autor crea una compleja pero bien estructurada trama de historias, que mantienen el interés hasta la última página. La evolución de todos los personajes queda definida, como en un mecanismo bien engrasado.

Esto no significa que el relato sea superficial. A lo largo de casi cuatrocientas páginas el argumento se alimenta, por un lado, del espiritu británico, flemático y contenido, siempre respetuoso de la tradición y sutilmente hipócrita en ciertos momentos. Por otro lado está la crítica demoledora hacia el carácter norteamericano. Y por último, el humor mordaz, agudo e ingenioso presente en toda la historia. Hay pasajes en los que he llorado de risa, en escenas completamente surrealistas, en un mundo donde cualquier cosa puede suceder, pero siempre bajo la consigna de los “buenos modales”…

La mejor declaración de intenciones acerca de lo que significa ser británico, y que tanto se disfruta a lo largo de esta novela, está en las últimas páginas:

“Lo que el pedante de Lapschott le había dicho era verdad. Los japoneses eran una nación isleña, y eran, de hecho, lo que los ingleses fueron en el pasado: trabajadores y eficientes, despiadada y violentamente eficientes. Tenían inventiva, y su tecnología era insuperable. Aprendían de sus errores y perseveraban. Eran inmensamente ricos, creían en la disciplina y la obediencia a la autoridad, y comprendían la vital importancia del ritual y la ceremonia para llevar una vida digna. Y, por encima de todo, poseían las virtudes de la cortesía y el valor. Cumplían con su deber aunque les costase la vida. Por primera vez, el Decano se enfrentó a lo inconcebible y no tembló. Procuraría que nombraran a un japonés Rector de Porterhouse.

Y colaboraría con él.

Sería un honor.”

Ciertamente los británicos, pese a que a veces son incomprensibles, me caen bien.

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