una llave entre las ramasDiscurría el verano 2002.

Paseando con mis padres por un pueblo de Cantabria, llamado Liérganes, descubrí una pequeña tienda de artesanía. Entre cerámica, recuerdos locales  y tarjetas, encontré un colgante celta que me gustó, y lo compré.

El pequeño nudo celta me ha acompañado durante todos estos años. Con él he visto partir a mis padres, he vivido momentos de alegría y tristeza, y ha sido llave de muchas puertas. Lo he perdido varias veces, pero siempre ha vuelto a aparecer.

Me explicaron su significado: los nudos celtas no tienen principio ni fin, simbolizan un ciclo que comienza una y otra vez, como las estaciones, el discurrir de la luna o la vida.

Este verano me he movido por muchos sitios, y el último ha sido especial. Pero el momento de regresar a casa, desde los lugares en los que se ha sido feliz, siempre es difícil. Así que la mañana de la despedida me quité el colgante y lo entregué, con la intención de que algo mío se quedara allí.

Es así como se descubre la importancia de las pequeñas cosas: un colgante, que apenas notaba llevar puesto, ha dejado un vacío que me increpa con descaro en cuanto me despisto.

Y cuando instintivamente me pongo la mano en el cuello, noto que me falta algo, pero no puedo impedir que en mis labios se dibuje una sonrisa.

Esas pequeñas cosas…

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