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Las lágrimas de San Lorenzo

Algunas noches del mes de Agosto suelo salir a contemplar la lluvia de estrellas. Este fenómeno astronómico, también conocido como Las Perseidas, es el que da título a la nueva novela de Llamazares.

En la banda de cartulina amarilla que abraza el libro se puede leer:”Veinticinco años después de La lluvia amarilla, Julio LLamazares vuelve con una novela emocionante sobre la fugacidad del tiempo y el poder de la memoria”.

La verdad es que el adjetivo “emocionante”, tal y como yo lo entiendo, no describe con acierto el contenido de este libro. Yo lo cambiaría por dos sustantivos: nostalgia y melancolía.

La anterior novela de Llamazares, La lluvia amarilla, forma parte de mi listado básico de novelas, y  eso que no podría ahora mismo redactar una reseña sobre ella porque…  hace venticuatro años que la leí, ¡cómo pasa el tiempo!.

Un día de estos tal vez vuelva a releerla, aunque esta idea no siempre acaba de gustarme. Sucede que hay novelas que han sido fundamentales en nuestra historia lectora y en nuestra vida. Y cuando queremos rescatarlas del olvido, volviéndolas a leer, nos damos de bruces contra una narración que no nos dice nada, que ya no tiene el significado que un día nos hizo estremecer. Es una experiencia un tanto triste, de pérdida.

Esta novela de Llamazares enlaza la escena de un padre y un hijo, observando el cielo nocturno en busca de estrellas fugaces, con el espíritu sutil de los recuerdos. Cada momento, cada frase es un puente entre el hoy y el ayer.

“La vida pasa y se desvanece como una estrella.”

Es la recapitulación de una vida , con un recuento de aciertos y errores, a caballo del tiempo, masticando lentamente los recuerdos.

Tengo que reconocer que conecto muy bien con este personaje agridulce del escritor vallisoletano…

“Cambian las lenguas y las ciudades, pasan los años y las personas, pero las lágrimas de San Lorenzo siguen conmigo acompañándome a todas partes, iluminando mis decepciones y mis recuerdos, convirtiendo mis deseos en arena y mi melancolía en nostalgia. Porque las lágrimas de San Lorenzo no son sólo una metáfora del tiempo. Son sobre todo la prueba de que la vida es apenas una luz en las tinieblas de un universo infinito, pero a la vez tan fugaz como los deseos del hombre.”

Es fácil dejarse llevar por el arrullo de la nostalgia, demasiado fácil. Hay que darse el permiso de sentirlo, y después retomar el ritmo de la vida, que continúa en un ciclo sin final que nunca da marcha atrás:

“Como la luna, he luchado contra todo: la soledad, el paso del tiempo, los desengaños, el desamor…, y como ella, aquí permanezco reemprendiendo cada día el camino de mi vida, ese camino que empiezo cada mañana como si lo estrenara  siempre y que termino de madrugada cuando la melancolía me duerme como al agua de la acequia de mi abuelo o a los olivos y buganvillas de Ibiza cuando yo era joven. Aunque, a veces, como esta noche, me sumerja en el recuerdo de otras lunas y me mantenga despierto durante horas escuchando el temblor del mundo en la oscuridad…”

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