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El otro día me acerqué a la taquilla del cine invadida por sentimientos encontrados.

Después de la decepcionante “Bárbara” no quedaban muchas opciones tentadoras en cartel.

La desilusión que me causó la película alemana me hizo añorar la lentitud expresiva de los directores nórdicos y su análisis profundo del comportamiento  humano. Eché de menos a Bergman.

Pero en mi bono aún quedaba una película por ver antes de que caducara. Había recibido buenas opiniones de “La caza”, así que lo intenté.

Sinopsis: Tras un divorcio difícil, Lucas, de cuarenta años, ha encontrado una nueva novia, un nuevo trabajo y se dispone a reconstruir su relación con Marcus, su hijo adolescente. Pero algo va mal. Un detalle. Un comentario inocente. Una mentira fortuita. Y mientras la nieve comienza a caer y las luces de Navidad se iluminan, la mentira se extiende como un virus invisible. El estupor y la desconfianza se propagan y la pequeña comunidad se sumerge en la historia colectiva, obligando a Lucas a luchar por salvar su vida y su dignidad. (FILMAFFINITY)

“La caza”  habla de muchos temas, pone ante la mirada del espectador los conflictos de pareja, el valor de la amistad, la educación y los educadores, el tópico de la inocencia infantil… Pero ante todo hace brotar la irracionalidad del alma humana, la contagiosa actitud de los comportamientos primarios, la rabia y la crueldad gratuitas.

Y todo esto en una espiral creciente que se rompe con una mirada, la del cartel, impresionante escena sin palabras.

La conclusión es agridulce, porque suma alarma por ver de nuevo la figura indecisa de la niña en el quicio de la puerta, la serenidad del paisaje otoñal y el final inesperado.

Me alegra haber visto esta película de Thomas Vinterberg*, ha vuelto a equlibrar mi balanza. Merece la pena verla.

* Thomas Vinterberg es co-fundador del movimiento cinematográfico Dogma 95

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