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Ayer no termina nunca

Ya está aquí la nueva película de Isabel Coixet.

Esta es una de esas películas que me provocan la desazón de los sentimientos encontrados.

Incomparable trabajo de los dos actores protagonistas: Candela  Peña y Javier Cámara; logran tal conexión frente a la cámara que el espectador se siente observador de una relación desgarradoramente íntima.

Los díálogos invaden los espacios de cemento  con una cadencia progresiva. La conversación, que bien pudiera tratarse de una obra de teatro,  tiene momentos memorables. Lástima que en algunos pasajes, de tono bajo, sea difícil escuchar las frases de Candela Peña.

Constantes juegos de zoom y primeros planos sobre los protagonistas; encuadres cada vez más cercanos, hasta desbordar opresivamente  la pantalla. Movimiento mareante  de la cámara, que se reajusta sin pudor para enmarcar los personajes.

Pasado y presente conviven con un mundo de pensamientos paralelos, en una acertada gama cromática que los acota, del sepia al blanco y negro; y deja para la  “realidad” el inquietante gris azulado  del hormigón, el viento y la lluvia torrencial.

Y el dolor como protagonista absoluto, reprimido, acunado, vomitado en alaridos. Dolor en estado puro, por la muerte, por el amor perdido, por la promesa traicionada, por la culpa de la huida…

Todo esto, junto con una visión ruinosa para la España de 2017,  deja en el ánimo una huella  triste cuando se encienden las luces de la sala.

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