el neceser rojo

Esta tarde, después del trabajo, me he acercado hasta un centro comercial de las afueras. Quería pasarme por una tienda en la que suelo encontrar artículos para la casa, coquetos y a buen precio.

Mis previsiones de afluencia masiva de gente se han confirmado. En mis anteriores visitas la segunda planta del parking siempre estaba cerrada… hoy no.

El desembarco de la escalera mecánica en el pasillo comercial estaba despejado… bueno… había dos hombres plantados delante, con la mirada perdida en el vacío y cara de aburrimiento. Así que me he puesto en marcha, sorteando niños, parejas, abuelos, cuadrillas de adolescentes, familias enteras.

Ya en la tienda me he dedicado a recorrerla a ritmo lento, he pagado mi compra y he regresado al distribuidor central; en ese rato la gente, el ruido y el calor se habían multiplicado exponencialmente.

Iniciaba mi retirada hacia el pasillo de las escaleras mecánicas cuando he cometido mi primer error: al pasar junto a una franquicia de perfumería he recordado que necesitaba un neceser. Después la situación ya no ha tenido remedio, he cometido mi segundo y peor error: he entrado.

El local, atiborrado de productos de belleza, con los rótulos de las marcas comerciales brillando sobre las estanterías, me ha recibido con un bofetón oloroso: esa mezcla inconfundible de colonias, perfumes y aromas varios.

Y estaba empezando a arrepentirme de haber entrado cuando una jovencita uniformada de negro me ha ofrecido su ayuda. Con amabilidad y eficiencia ha encontrado en pocos minutos un neceser que me ha gustado. El precio era aceptable y con él me he colocado en la cola para pagar.

La fila avanzaba lentamente. Cada clienta que alcanzaba el mostrador hacía consultas adicionales a su compra. Y aunque la espera se prolongaba inexorable, la cajera atendía con calma, sin un solo gesto de agobio en su rostro perfectamente maquillado, ajena a la nube de clientas que se estaba formando frente a ella.

Me precedían dos mujeres entradas en la cincuentena, que charlaban sobre sus compras en tal o cual establecimiento. Una de ellas agitaba en el aire el estuche de una cara y conocida colonia.

Detrás de mí se había colocado una muchacha con una cesta, y en ella llevaba sus tesoros; una muchacha silenciosa… hasta que una mujer rubia de mediana edad se ha dirigido a ella en voz alta y le ha estampado dos sonoros besos.

A partir de ese momento el caos ha comenzado: el niño, la tarjeta, fiebre, medicinas, teléfono, el abuelo, ordenador, apendicitis, el niño, infección… palabras, palabras, palabras… sin tiempo para tomar aire, con un timbre agudo y seco, imposible de esquivar.

He respirado hondo, me he recomendado paciencia, y he mirado con intensidad un expositor de peines y esponjas, con la ingenua ilusión de que, si me concentraba lo suficiente, sacaría su voz de mi cabeza… ¡imposible!.

Y por fin… ¡ha llegado mi turno!. He pagado en menos de un minuto y he dejado atrás la tienda con un suspiro.

Ahora estoy en casa.

El neceser rojo me mira desde la encimera de la cocina, con una sonrisa socarrona, mientras  me pregunto cuándo se desactivó mi chip de afinidad con el barullo de los centros comerciales, los monólogos compulsivos y … ¡las perfumerías!.

¡Feliz año 2013!

sonrisa cremallera

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