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Un grito de amor desde el centro del mundo es la novela japonesa más vendida en la historia de Japón. Ha inspirado una versión cinematográfica, una exitosa serie televisiva y ha sido ilustrada como cómic manga.

Atraída por tanto revuelo editorial la compré. Quería “desintoxicarme” del pacto erótico de las Cincuenta sombras de Grey, un préstamo de una compañera de trabajo.

Me he encontrado con una tierna y desgarrada  historia de amor adolescente, confirmación absoluta de que para estos temas no existen las nacionalidades.

El ritmo de la novela es irregular. Las primeras páginas centran el interés sobre la relación de dos compañeros de colegio, Sakutarô y Aki, que terminan por darse de bruces con sus sentimientos.

Después, para los cinéfilos de los setenta, es inevitable tener un “déjà vu” de Love story. Las escenas con el abuelo del chico y su historia paralela salvan del tedio esta parte.

Y el final, con la ruta de despedida a través de Australia, recupera, aunque no del todo, el dinamismo del argumento.

Tal vez el problema sea mío pues, con tanto vano despilfarro, se me han terminado las reservas de romanticismo adolescente…

Quedan subrayados, sin embargo, unos pocos pasajes que merecen el recuerdo:

En el preciso instante en que desaparecían las últimas luces del cielo nos dimos un beso. Nuestros ojos se encontraron, se produjo un acuerdo invisible y, antes de que nos  dieramos cuenta, habíamos unido nuestros labios. Los labios de Aki sabían a hojas caídas.

En la vida, hay cosas que pueden realizarse y otras que no -dijo mi abuelo-. Las que se materializan las olvidamos enseguida. Sin embargo, las que no podemos realizar las guardamos eternamente dentro de nuestro corazón como algo muy preciado. Éste es el caso de los sueños o de los anhelos. Me pregunto si la belleza de la vida no residirá en nuestros sentimientos respecto a aquello que no se ha cumplido. Que no se haya realizado no quiere decir que se haya malogrado inútilmente. Porque lo cierto es que ya se ha materializado como belleza.

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