Etiquetas

, ,

“En 1610, en Logroño, han sido condenadas a la hoguera once personas acusadas de brujería. Sin embargo, amplias zonas del señorío de Vizcaya y Navarra siguen sufriendo la presencia del demonio y sus secuaces…”

Me recomendaron este libro y lo compré; me ha costado mucho empezarlo, la imagen de la tapa  me resultaba inquietante, y la Inquisición siempre me ha disgustado. Una vez sumergida en su trama, no he parado hasta terminarlo.

Los desastres causados por la ignoracia y los intereses escondidos bajo una apariencia demoníaca o clerical-paternalista, sustentan el argumento de esta novela.

Y el valor añadido y fundamental de este relato sobre brujas y creencias, es el retrato de Alonso de Salazar y Frías, el inquisidor del Santo Oficio. Bajo su actuación severa y rígida se esconde un espíritu crítico y descreído, en busca de una sola prueba de la existencia de Satán para poder creer también que Dios existe.

El cuadro se completa con la magia simpática de una adolescente llamada Mayo, que lleva consigo la sabiduría popular y la inocencia, y que sigue a la comitiva de la Visita, en busca de pistas para localizar a su aña perdida.

Y unos datos interesantes al final del volumen:

El papa Gregorio XI creó el Tribunal de la Santa Inquisición en el año 1231. Dominicos y franciscanos fueron los encargados de ser los brazos armados de la organización que nació para mantener a raya a todo aquel que quisiera salirse de las normas establecidas por la Iglesia católica.

La Inquisición española no se sometió como el resto de los países a la directa jurisdicción de Roma, sino que tuvo su propio inquisidor general designado por el rey de España. De esta manera, se convirtió en un instrumento del Estado, al servicio del Estado, y los eclesiásticos que lo dirigían eran funcionarios públicos. La Inquisición española no castigaba, simplemente asignaba el castigo que impondría el brazo secular.

Miles de personas murieron en la hoguera. Uno de los delitos que más preocupaba en Europa era el de brujería, terreno en el que las mujeres fueron las principales perseguidas. En contra de lo que habitualmente se cree, la Inquisición española no tuvo especial interés en hostigar a las brujas. Su atención se concentraba en los herejes, los conversos judíos y, más tarde, en los conversos musulmanes. Pese a todo, el domingo 7 de Noviembre de 1610 se llevó a cabo en Logroño lo que despúes se dió a conocer como  “el auto de fe de las brujas”. En él, once reos procedentes de los pueblos de Zugarramurdi y Urdax fueron condenados a muerte por mantener tratos con el demonio.

Las cuevas de Zugarramurdi y Urdax mantienen en la actualidad una inquietante belleza natural y, un par de veces al año, se rememora en el lugar toda la simbología mágica de la zona. El sábado más cercano a la noche de San Juan, se representa la fiesta de las brujas en la cueva mayor y el 18 de Agosto, el último día de las fiestas patronales, se celebran en las cuevas la fiesta del cordero asado y un concierto de música celta de gran prestigio.

Anuncios