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¡Cuántas veces hemos usado el verbo “berrear” al oír llorar a un niño o al escuchar  a un adulto cantando a limpio grito!.

Y sin embargo otro de sus significados, también ruidoso, es  un verdadero espectáculo natural que merece la pena experimentar.

Cada otoño, a finales de Septiembre, en montañas y bosques se escucha el berrido del ciervo marcando su territorio. Es la época de celo de las hembras, y todos los machos compiten por ser el ganador que las cubra.

La pasada semana un amigo nos invitó a subir a las laderas del Gorbea y conocer la berrea del ciervo.

Y allá  fuimos.

Durante el ascenso nuestro guía nos explicó que el berrido sustituye, en la mayor parte de los casos, a la pelea entre los machos. Cuando llegan a entrechocar sus astas, que es la idea preconcebida que tenemos los novatos en el tema, lo hacen de modo ritual, no como choque violento en el que matar o morir.

Los propios animales evitan este enfrentamiento, puesto que en algunas ocasiones han llegado a quedarse enganchados por las astas y han muerto así.

Nuestro amigo, un hombretón asilvestrado con mirada de niño, nos pidió silencio y respeto para contemplar a un animal que cumple con la pulsión de su instinto hasta el agotamiento, a veces la muerte, y que olvida ocultarse de los cazadores furtivos con tal de cumplir el mandato imperioso de la naturaleza.

Cuando llegamos a la zona indicada como zona de observación ya habíamos dejado atrás el atardecer…

pero tuvimos la inmensa suerte de poder contemplar al gran ciervo, perfilándose en lo alto de la loma, paseando entre sus hembras, y levantando lentamente su cabeza hacia el cielo, para anunciar al viento que él todavía es el rey del bosque.

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