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Como es evidente, esta palabra no puede encontrarse en el diccionario de la RAE.

La descripción de Wikipedia es:

WhatsApp es un software propietario multiplataforma de mensajería  instantánea para smartphones”.  

Una “traducción” sencilla para los no móvil-adictos: se trata de un programa para enviar mensajes, imágenes, vídeo y audio a través del teléfono móvil. Los mensajes de SMS empiezan a estar desfasados.

Las condiciones indispensables para utilizarlo son: que el teléfono  tenga conexión a internet, “bajarse” el programa al teléfono, y que la persona a la que se le quiere enviar el mensaje  disponga  también  de esta aplicación en su móvil.

Sé que estas explicaciones tan básicas harán sonreir, con cierta ironía, a los usuarios de las nuevas generaciones; asumo que este es el precio que tenemos que pagar los que hemos nacido antes de que comenzara la vertiginosa carrera de la informática y sus aplicaciones. Somos las generaciones a las que “Hal” el “malvado”  ordenador de “2001: una odisea en el espacio” de Stanley Kubrick (1968) nos parecía sólo eso, ciencia ficción.

Ayer pasé un rato genial celebrando un cumpleaños con unos amigos y, pese a que me ruboricé bastante, nos reimos con ganas cuando les contaba que había estado “whatsappeando” a lo largo de la mañana con el amigo que cumplía los años. El único problema fue… ¡que  mi amigo no tiene WhatsApp! y que le estuve “vacilando” a un “desconocido”…

No pude evitar recordar la novela que leí el pasado año, “Contra el viento del Norte” de Daniel Glattauer.

Y otro amigo me consoló contándome que a él le había  pasado algo  parecido, una vez, con los SMS…

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