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Esperaba con ganas este día para, después de una semana de duro trabajo, premiarme con una sesión de cine.

Y tenía muy claro qué película ver.

Mis expectativas rondaban entre  “Los amigos de Peter” y “Las invasiones bárbaras”, pero esperaba una comedia… y me he encontrado con un drama de aromas nostálgicos.

A veces pasan estas cosas…

El argumento de “¿y si vivimos todos juntos?” parte de las circunstancias vitales de cinco amigos, dos parejas y un eterno Casanova, que se conocen desde hace cuarenta años. En una de sus reuniones, Jean (Guy Bedos), siempre inconformista, lanza la propuesta de vivir todos juntos, para cuidarse mutuamente y evitar la residencia de ancianos. Así se crea una comunidad atípica, en la que se reflexiona sobre la sexualidad y la dependencia,  se sobrelleva la enfermedad, y se esconde algún que otro antiguo secreto. Al quinteto de protagonistas se añaden Dirk (Daniel Brühl), un estudiante de etnología que realiza su tesis doctoral sobre los ancianos, y un perro, un enorme pastor de Brie que es el hilo conductor en muchas escenas.

De regreso a casa, mientras paseaba con calma en la noche, iba pensando en cuánto  me cuesta ver algo positivo en la vejez: deterioro, enfermedad, pérdida de autonomía, final del trayecto…  Hoy estoy más cerca que ayer de la vejez, queda más lejos la juventud, y esto me sobrecoge un poco.

En este siglo XXI en el que una residencia de ancianos se plantea no como una opción sino como destino “casi” inevitable, añoro el concepto de “clan”, esa estructura familiar en la que se tenía un “hueco” para nacer, vivir, envejecer y morir. Puede resultar anacrónico, pero es una pena que se haya perdido.

Esta es una película sincera, que no se molesta en ocultar lo evidente, ni trata de dulcificarlo con algo que no sea el cariño y la humanidad de cinco amigos que ya han cumplido los setenta.

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