En Semana Santa me escapé a Barcelona con Marina. Hacía bastantes años que no visitábamos juntas la ciudad, y el objetivo era rescatarla de nuestro olvido.

Este año el mes de Abril cumplió con el refranero, asi que al salir de la estación de Sants nos recibió la lluvia.

Dejamos las maletas y nos instalamos en casa de una prima y, aunque por la ventana el cielo seguía amenazador, nos pusimos en marcha, ¡la ciudad nos esperaba!

 

Bajamos al centro en autobús, hasta  la Via Laietana. Es curioso, nombrar esta calle siempre me hace pensar en Joan Manuel Serrat, pero ya no recuerdo cuál es la canción… ¡la memoria se vacía de unos recuerdos para guardar otros!.

De camino hacia el Barrio Gótico, nos acercamos al Palau de la Música, estrella del modernismo catalán. Curioseamos por el vestíbulo…

pero quedó pendiente ver la sala de conciertos, con la  maravillosa claraboya que hay sobre platea, y disfrutar de su excelente acústica.

En la plaza de la Catedral, encontramos un mercadillo de antigüedades atestado de curiosos y turistas…

   y tras una visita fugaz al claustro de la Catedral, invadido de gente y velas …

…el Barrio Gótico nos recibió con sus calles de piedra, llenas de detalles que esperaban a que levantásemos la vista….

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

o que nos acercáramos a los escaparates, de artesanía tradicional o con divertidos espectaculos en papel maché.

 

Ya que estábamos cerca, volvimos a cruzar Vía Laietana para visitar la iglesia que más me gusta de Barcelona, Santa María del Mar.

 

Una iglesia austera e impresionante, que fué construida con la participación de los habitantes del barrio de la Ribera, y en especial  de los estibadores del muelle. Ildefonso Falcones lo relata magistralmente en su novela “La catedral del mar”.

Frente a la iglesia, señales de la afición más evidente…

 

 

 

 

 

 

…y  de la higiene más divertida. 

 El siguiente día lo dedicamos a Gaudí.

Por la mañana nos acercamos al parque Güell. Allí  nos cayó la tormenta más escandalosa que me ha pillado en la calle desde hace años. Los turistas se guarecían en lugares insospechados y por los caminos bajaban ríos de tierra. La famosa terraza con asientos de mosaico era un laberinto de charcos, donde las gotas de lluvia golpeaban con ganas.

 

 

Después de secarnos, fuimos a la Sagrada Familia.

Y siguiendo un buen consejo, alquilamos las audioguías que nos descubrieron la magia de sus detalles…

 

 

  

 

 

 

 

 

 

 

De regreso al Paseo de Gracia, y tras una merecida merienda, visitamos la coqueta joya de Gaudí, la casa de las hadas, la casa Batlló.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

En el tercer día empezó a notarse el cansancio. Siempre olvido que en Barcelona las distancias se multiplican, en comparación con los pequeños recorridos de mi ciudad.

Así que dimos un paseo tranquilo por el barrio de Gracia, comimos en un excelente restaurante vegetariano del Raval,  hicimos fila para poder avanzar por los pasillos del Mercado de la Boquería…

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 … y acabamos en el coche, visitando la Villa Olímpica y Montjuit 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

De regreso a casa,  pude fotografiar desde el coche la antigua plaza de toros, reconvertida en un centro comercial.

La mañana del último día salimos a dar un paseo y despedirnos del barrio. Encontramos un parque tranquilo, La Tamarita, en el que hacer las últimas fotos. http://www.bcn.es/aparcat/es/aparcat_tamarita.htm

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Un estupendo reencuentro con Barcelona.

Volveremos, todavía queda mucho por descubrir.

 

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