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Ayer por la tarde tuve escapada musical a Donosti… ¡desoyendo las sesudas advertencias sobre la ciclogénesis explosiva(*)!

(*) Ciclogénesis significa básicamente, creación  o génesis de un ciclón (o depresión,  o borrasca, si nos referimos a latitudes medias o extratropicales).  Los ciclones (término genérico donde se incluyen los huracanes, tifones, borrascas, bajas polares, medicanes, etc.) son sistemas de bajas presiones donde el viento gira en sentido contrario a las agujas del reloj en el Hemisferio Norte (el giro es a favor en el Hemisferio Sur). La ciclogénesis explosiva , como su nombre indica, es  básicamente una ciclogénesis pero que sucede muy rápidamente y muy intensamente.

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El estreno fue completo: mi primera visita al Kursaal y mi primer concierto de Loreena Mackennitt; ambos resultaron espectaculares.

El edificio del Kursaal está encarado hacia el mar, y en su interior un enorme ventanal  permite contemplar la desembocadura del Urumea y el horizonte azul, ayer gris… Incluso diría que me gusta más cuando la noche ya está presente, pues se convierte en una estructura que brilla en la oscuridad, cristal, madera y luz.

La sala del concierto estaba llena a rebosar, con una suave neblina  difuminando los pasillos; y los instrumentos  esperaban en el escenario, bajo focos de color azul.

Tras los timbrazos de rigor, el concierto comenzó.

Escuchamos música celta en estado puro: alegre, nostágica o dulce, según  canciones. Los siete músicos que compartían escenario con la cantante nos hicieron disfrutar intensamente; fue un grupo instrumental compacto, pero también geniales intérpretes solistas, a los que sutiles juegos de luces rescataban de la penumbra.

Y la cantante canadiense llenó el escenario; se paseó entre el piano y el arpa, bailó con el acordeón entre sus manos, la melena rubia brillando en un halo dorado bajo las luces. Con la maestría de los grandes intérpretes superó el sonido de cualquier grabación, y su personalísima voz nos arrastró hacia los verdes campos de Irlanda.

Definitivamente, el viaje mereció  la pena.

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