Tengo un amigo, un querido amigo, que es malabarista, aunque él diga que está “retirado” por una lesión. Antes de Semana Santa me propuso acudir a un encuentro de malabaristas en Utebo (Zaragoza) y le contesté: ¡vale!. Y el  fin de semana pasado nos pusimos de camino para allá…

La expectación y el nerviosismo me invadían a partes iguales cuando nos acercábamos al polideportivo donde se celebraría el encuentro. Después de confirmar la inscripción y extender el saco en el suelo de un desvencijado  vestuario,  me dediqué a una de mis actividades favoritas: observar.

Contemplé el  reencuentro de gentes con mochilas de todos los tamaños, en las que asomaban mazas de colores, bastones, palos… Gentes que sonreían y se abrazaban,  con ese cariño que se tiene por alguien a quien  se siente muy cerca, pero que vive demasiado lejos. 

El espacio del pabellón fue llenándose poco a poco de mazas girando en el aire, diábolos, cascadas de pelotas, aros, monociclos … ¡un  bosque de objetos  moviéndose en todas direcciones!.

 

Y aquí llegó la primera revelación: los malabaristas son gentes que pasan horas mirando al cielo…

 

No fui capaz de contar las veces que vi comenzar trucos, entrenar  pases  o repetir un gesto; sin lugar para el desánimo, pese al ruido de las mazas chocando contra el suelo y las pelotas rodando por la pista…

 

Sonreí al comprender que están enamorados de lo que hacen,  al ver que siguen haciendo malabares en la oscuridad, junto al público que  escucha un concierto de rock; o que bailan al ritmo del dyembe cuando deja de llover …

Vimos varios espectáculos, unos en el escenario…

otros al aire libre…

Cuando el sábado noche escuché la ovación cerrada para un malabarista de setenta y siete años, tuve mi segunda revelación: los malabaristas  respetan  incondicionalmente la experiencia y el esfuerzo.

Y como todo tiene un final, también llegó el final de esta aventura con la mejor despedida : lanzar los malabares al cielo.

 

 

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