Siete y cuarto de la mañana, dos grados  centígrados parpadean en la cruz digital de la farmacia; llueve, y mi abrigo se va empapando poco a poco…

Ayer regresé a casa “desconectada” de mi rutina, y esta mañana de lunes se ha encargado de ayudarme a tomar tierra,  o más bien… agua… ¿no?

 

 

22 Abril 2012  (Domingo)

Ha pasado una semana,  un paseo cada día. 

He recuperado  a las gentes del barrio http://lamesa9.wordpress.com/2008/08/29/gentes-de-barrio/   en especial al hombre de los sombreros, que sigue atesorando cartones en la verja de una tienda abandonada… el otro día, en la tormenta, orinaba contra la lluvia…

Tambien he visto una escena que hace unos años era rara de ver, y ahora, lamentablemente, forma parte del paisaje: gente rebuscando en los contenedores.

Pero lo más entrañable sucedió ayer, en mi regreso con el “peludo” hacia casa.

Esperaba para cruzar la calle, un coche  avanzaba  despacio  hacia nosotros. La conductora  hizo sonar la bocina y se detuvo. El coche que le seguía frenó también, de mala gana. El primer coche volvió a pitar, y no se movió; el segundo coche se impacientó, dió un volantazo y le adelantó. El conductor iba haciendo aspavientos con las manos que no inmutaron a la conductora; ella volvió a tocar el claxon, para intentar que… la  impasible  paloma que estaba en mitad de la calzada saliera de ella. Al final, cuando el pájaro se alejó, tranquilamente hacia la acera, la mujer me miró y me hizo  un gesto de complicidad. Le sonreí, me sonrió y continuó su camino.

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