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Vacaciones de Semana Santa en Barcelona.  Durante las horas de viaje en tren he terminado de leer el  último libro de Paul Auster.

Allá queda el verano del 94, cuando leí  “Leviatán” en las horas tranquilas de la siesta; por entonces un bebé marcaba los ritmos de mi vida. Desde aquellas vacaciones no me he perdido una sola de las  publicaciones de este autor.

De todas ellas algunas me han enganchado, con esa magia que no deja el espíritu tranquilo hasta que  llegas a la última palabra; otras me han dejado un tanto indiferente. Puedo asociarlas a momentos de mi vida, puedo “recordarme” con el libro en las manos, en los lugares donde las  leí… y es bonito.

En esta ocasión se trata de su autobiografía, sin la estructura convencional, ¡por supuesto!,  si lo fuera no sería Auster. No puedo decir que me haya atrapado, no soy entusiasta de este género, pero la he leído con cariño. Para quienes quieran conocer a este autor este libro es una buena pista, hay muchas referencias a sus escritos, a sus inumerables domicilios, a sus profesiones dispares, a sus historias familiares, y , por supuesto, al amor.

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