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Estoy releyendo el libro “Los trazos de la canción” de Bruce Chatwin, el controvertido viajero del s. XX. Este inglés apasionado por los pueblos nómadas, escribió este libro tras vivir su experiencia con los aborígenes australianos.

Según la cosmogonía aborigen, los antepasados de todos los seres se crearon a si mismos, y después crearon el mundo con canciones. Cada colina, cada río, cada llanura tiene su verso correspondiente, y son los hitos de una red musical que cubre la superficie del continente australiano. Cada tribu tiene sus líneas de la canción, y cada canción posee el territorio al que hace referencia. Las canciones, en definitiva, son el espíritu de la creación.

Cuando escribí la entrada sobre el monte Uluru, busqué afanosamente el texto que hoy transcribo, pero sin resultados. Y es ahora cuando lo encuentro, en el capítulo titulado En el comienzo,  donde el autor recrea la historia de la creación del mundo, el Tiempo del sueño…

“En el comienzo la Tierra era una llanura infinita y caliginosa,separada del cielo y del mar gris y salado y ahogada en un crepúsculo sombrío. No había Sol ni Luna ni estrellas. Sin embargo, muy lejos, vivían los moradores del cielo: seres juvenilmente indiferentes, de forma humana pero con pies de emúes, con cabelleras doradas que refulgían como telas de araña a la hora del ocaso, intemporales e inmunes al envejecimiento, que siempre habían existido en su paraíso verde y bien regado allende las nubes del oeste.

Las únicas irregularidades que había sobre la superficie de la Tierra eran unos huecos que se convertirían, algún día, en pozos de agua. No había animales ni plantas, pero alrededor de los pozos de agua se arracimaban masas pulposas de materia: coágulos de caldo primigenio – mudos, ciegos, desprovistos de respiración, ajenos a toda vigilia y todo sueño- cada uno de los cuales contenía la esencia de la vida, o la posibilidad de volverse humano.

Sin embargo, bajo la corteza de la Tierra titilaban las constelaciones, brillaba el Sol, la Luna crecía y menguaba, y todas las formas de vida yacían alargadas: el color escarlata del Clianthus speciosus, la iridiscencia del ala de mariposa, los bigotes blancos y vibradores del viejo canguro… latentes como semillas del desierto que deben esperar un chubasco peregrino.

En la mañana del Primer Día, el Sol experimentó el anhelo de nacer. (Aquella noche lo seguirían las estrellas y la Luna). El Sol irrumpió a través de la superficie, inundó la Tierra de luz dorada y entibió los huecos bajo los cuales dormía cada Antepasado.

A diferencia de los moradores del cielo, estos Patriarcas nunca habían sido jóvenes. Eran seres caludicantes y exhaustos de barba gris, con piernas nudosas, y habían dormido aislados a través de los tiempos.

Así fue cómo , en aquella Primera Mañana, cada Antepasado dormido sintió que la tibieza del Sol le pesaba sobre los párpados, y sintió que su cuerpo alumbraba vástagos. El Hombre Serpiente sintió que las víboras salían reptando de su ombligo. El Hombre Cacatúa sintió las plumas. El Hombre Larva Blanca de la acacia sintió un culebreo, el Hormiga Melera un cosquilleo, el Madreselva sintió que sus hojas y flores se desplegaban. El Hombre Rata Canguro Almizclada sintió que las crías bullían bajo sus axilas. Cada uno de los <<seres vivos>> salió en busca de la luz del día, cada uno en su lugar natal específico.

En el fondo de sus huecos (que ahora se llenaban de agua), los Patriarcas movieron una pierna, y luego la otra. Sacudieron los hombros y flexionaron los brazos. Alzaron los cuerpos a través del cieno. Separaron dificultosamente los párpados. Vieron cómo sus criaturas jugaban al sol.

El lodo chorreaba de sus muslos, como la placenta de un recién nacido. Luego, como si aquel fuera el primer vagido del niño, cada Antepasado abrió la boca y gritó: <<¡Yo soy!>>, <<Yo soy… Serpiente… Cacatúa… Hormiga Melera… Madreselva>>. Y este primer <<¡Yo soy!>>, este acto primigenio de imposición de nombre, fue definido, entonces y por siempre jamás, como el dístico más secreto y sacrosanto de la Canción del Antepasado.

Cada Patriarca (que ahora disfrutaba tumbado bajo el sol) estiró el pie izquierdo y pronunció un segundo nombre. Estiró el pie derecho y pronunció un tercer nombre. Designó el pozo de agua, los cañaverales, los eucapliptos… Designó a diestro y siniestro, engendrándolo todo mediante la imposición de nombres y entretejiendo los nombres en versos.

Los Partriarcas hicieron camino cantando por todo el mundo. Cantaron los ríos y las cordilleras, las salinas y las dunas de arena. Cazaron, comieron, hicieron el amor, bailaron, mataron: fueran donde fueren, sus pisadas dejaban un reguero de música.

Envolvieron el mundo íntegro en una malla de música; y finalmente, cuando la Tierra hubo sido cantada, se sintieron exhaustos. Volvieron a experimentar en sus piernas la inmovilidad congelada de los tiempos. Algunos se hundieron en el suelo allí donde estaban. Otros se metieron a gatas en cuevas. Otros se arrastraron hasta sus <<moradas eternas>>, hasta los pozos de agua ancestrales que los habían parido.

Todos ellos volvieron <<dentro>>.”

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