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Esta semana he tenido noticias de un compañero de trabajo que desde que dejó la empresa se ha dedicado a una de sus grandes pasiones: viajar.

En estos momentos se encuentra en Australia. En cuanto lo supe le escribí un correo electrónico para preguntarle cómo le iba por aquel continente.

Y le pedí que si en alguna de sus “excursiones” visitaba el Uluru se acordara por unos instantes de mi. 

El monte Uluru, llamado por los occidentales Ayers Rock, es un monolito de roca arenisca de 348 metros de altura y algo más de 9 kilómetros  de perímetro; visto desde el aire tiene la forma de una punta de lanza.

A 50 kilómetros de distancia, en dirección oeste, se encuentra la formación de 36 cabezas rocosas llamada Kata Tjuta, renombrada como The Olgas. Entre ambos dan su nombre al Parque Nacional Uluru – Kata Tjuta, situado en el corazón de Australia.

Lo que no es tan conocido es que estos dos grupos rocosos forman parte de misma formación geológica. Son los dos extremos, rodeados por la planicie desértica, de un mismo estrato de arenisca que la erosión de los siglos ha sacado a la superficie, tal y como hoy se pueden contemplar.

Pero más allá de las descripciones geológicas, este gran bloque de piedra rojiza representa el eje del Tiempo del Sueño aborigen, la era en la que todo comenzó.

El Uluru es el monte sagrado del pueblo Anangu, que custodia  este  lugar desde tiempos remotos.

La tradición cultural y religiosa de los Anangu, llamada Tjukurpa, es una tradición oral que tiene explicaciones para la mayoría de las formas y erosiones que pueden verse en la gran roca. Con historias, canciones, danzas y ceremonias los relatos de la formación del mundo se transmiten de generación en generación.

En el libro “Boomerang” Xabier Moret nos cuenta su viaje al corazón de Australia y en el capítulo “Aborígenes” un aborigen explica así la historia de su pueblo:

Todo el país está lleno de caminos cruzados por personajes del Tiempo de los Sueños que han ido dejando su rastro – explicó-. En el principio estaba el caos, pero aparecieron los espectros y recorrieron el país siguiendo los trazos de la canción. En cada sitio dejaban un rastro de música y daban nombre a las cosas. Hay el rastro dejado por al Liru, la serpiente venenosa, pero también el de Kurpanyngu, el dingo demonio, el de Mala, la liebre ualabí, y el de la serpiente Kuniya. Muchos de estos rastros se entrecruzan en el Uluru…”

La magia del atardecer colorea el monte Uluru de rojo brillante… mi sueño es poder verlo algún día. 

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