Esta tarde he estado en la clínica acompañando a una amiga recién operada. Llevaba un tiempo sin recorrer los largos pasillos de puertas cerradas. La vida avanza en ciclos y, es curioso, los míos siempre incluyen una sala de espera y una habitación de hospital, o dos, o tres…

Los hospitales son lugares extraños en los que la vida se detiene para dejar un hueco a la enfermedad. El tiempo cambia el paso, las horas multiplican su duración, y el ritmo se marca en los pasillos con el ruido de los carritos que traen comida, medicamentos, o aperos de limpieza.

Junto a la cabecera de un enfermo hay tiempo para leer, charlar,  resolver crucigramas, o adoptar  posturas  insospechadas en un sillón de tapizado sintético.

Los hospitales son lugares extraños con vida propia; en ellos se puede perder la noción de la realidad y la libertad del día a día, que tan “normal” nos parece cuando estamos fuera de sus paredes.

Esta tarde he recordado que quien aprende a cuidar a un enfermo ya no lo olvida, por muchos meses que hayan pasado desde la última vez. Movimientos  espontáneos para acercar una bebida, subir una cama o ahuecar una almohada; camaradería innata con esas colchas blancas que se descolocan en cada movimiento del enfermo y que siempre  acaban  manchadas de zumo.

 Y en cada cama una persona, una historia y unos recuerdos…

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