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Ayer, contemplando cómo una buena amiga y su pareja se enfrentaban con la enfermedad, recibiendo el cariño de un mensaje llegado desde la ribera del Mediterráneo, sintiéndome agradecida por tener tanta gente maravillosa a mi alrededor, me vino a la memoria este poema de Bertolt  Brecht, que siempre me ha gustado y que hace tiempo que no releía…

 

A la buena gente se la conoce

en que resulta mejor

cuando se la conoce. La buena gente

invita a mejorarla, porque

¿qué es lo que a  uno le hace sensato?. Escuchar

y que le digan algo.

Pero, al mismo tiempo,

mejoran al que los mira y a quien

miran. No sólo porque nos ayudan

a buscar comida y claridad, sino, más aún,

nos son útiles porque sabemos

que viven y transforman el mundo.

Cuando se acude a ellos, siempre se les encuentra.

Se acuerdan de la cara que tenían

cuando les vimos por última vez.

Por mucho que hayan cambiado

-pues ellos son los que más cambian-

aún resultan más reconocibles.

Son como una casa que ayudamos a construir.

No nos obligan a vivir en ella,

y en ocasiones no nos lo permiten.

Por poco que seamos, siempre podemos ir a ellos, pero

tenemos que elegir lo que llevemos.

Saben explicar el porqué de sus regalos,

y si después los ven arrinconados se ríen.

Y responden hasta en esto: en que,

si nos abandonamos,

les abandonamos.

Cometen errores y reímos,

pues si ponen una piedra en lugar equivocado,

vemos, al mirarla,

el lugar verdadero.

Nuestro interés se ganan día a día, lo mismo

que se ganan su pan de cada día.

Se interesan por algo

que está fuera de ellos.

La buena gente nos preocupa.

Parece que no pueden realizar nada solos,

proponen soluciones que exigen aún tareas.

En momentos difíciles de barcos naufragando

de pronto descubrimos fija en nosotros su mirada inmensa.

Aunque tal y como somos no les gustamos,

están de acuerdo, sin embargo, con nosotros.

 Bertolt  Brecht

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