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Esta mañana soleada de domingo he decidido pagar el “doloroso” precio de no dar un paseo, y así terminar el libro que tengo entre manos: “Una vida entre libros. Memorias de un amante de la palabra escrita”.

Encontré este libro en la Feria del Libro de 2009 y, desde entonces, me estaba esperando con paciencia en la estantería de libros pendientes.

Cuando termino un libro la elección del siguiente se convierte en una pequeña ceremonia. Trato de cambiar de género, de temática y por supuesto de autor. Alterno novela realista con ficción,  ensayo científico con  psicología, y de vez en cuando me empacho de poesía o “cae” algún clásico.

Esta dinámica tiene una excepción: cuando me prestan un libro. Que un libro prestado entre en casa  lo coloca en el primer puesto de los libros pendientes de lectura. Tener un libro que no es mío me hace responsable de su cuidado, y trato de leerlo y devolvérselo a su dueño cuanto antes. Conozco amantes de los libros que ni dejan sus libros ni permiten que se les dejen libros,  como si de un objeto privado e íntimo se tratase.

Con este libro tenía mis dudas, temía encontrarme un “ladrillo” difícil de digerir, y no ha sido así. “Una vida entre libros”  hará disfrutar a los amantes del libro en general, y a los apasionados de las librerías en particular.

Lewis Buzbee relata de forma biográfica y detallada la historia de las librerías, y la entremezcla con su propia trayectoria, desde que comenzó trabajando como dependiente en una librería, hasta convertirse en comercial de ventas del sector. A esto hay que añadir que su prosa es dinámica, y los puntos de humor y apasionamiento condimentan el resto.

Allá van unos párrafos de muestra:

“Por muy enrevesado que sea el camino para llegar a él, siempre es un placer poner el libro adecuado en las manos adecuadas. Pero lo que resulta de verdad emocionante del oficio es poner el libro adecuado en manos de alguien que no lo espera.”

“El tenderete en el que uno podía detenerse a comprar un rollo, a encargar una carta de amor o a enterarse del modo más corriente de aplicar sanguijuelas podía ser de una simplicidad exquisita: un librero con papel, pluma y tinta, y con un puñado de libros de precio atractivo desparramados sobre una alfombra. O podía tratarse de un carro con ruedas, capaz de desplazarse de un mercado a otro, y de una ciudad a otra, provisto incluso de postigos para cerrarlo por la noche.”

“El mostrador de la librería actual es el lugar donde la caja registradora aguarda expectante, y probablemente hay junto a ella un teléfono, además de un bote roñoso lleno de lápices y bolígrafos, un montón de puntos de libro y una gran cantidad de artículos de venta por impulso: lamparillas de lectura, mapas plastificados, calendarios y tablas de conversión, audiolibros y libros en miniatura cuya forma (y tontería) resulta muy variada.”

“Sencillamente, hay tantos libros nuevos que quiero leer, que prefiero reservar la relectura para aquellos que estoy seguro que me ofrecerán nuevos placeres. Releer una de nuestras novelas favoritas, leída por primera vez hace cinco, diez o veinte años, no deja de ser una medida del recorrido que hemos hecho y de lo lejos que hemos llegado. Es una manera de visitar a nuestro antiguo yo.”

 “¿Cómo te las arreglarías para guardar entre las páginas de un e-book una flor silvestre?”

¡Feliz lectura!

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