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Galia libre, siglo I a.C.

Ainvar, muchacho de la tribu celta de los carnutos, inicia su formación como druida, sin llegar a sospechar que acabará convirtiéndose en el guardián del Bosque Sagrado y líder espiritual de la lucha contra la invasión romana.

En su camino se cruzará el joven héroe  galo Vercingétorix, y los destinos de ambos quedarán irremediablemente unidos por las necesidades de su pueblo y una profunda amistad.

Con una sólida base histórica, este relato describe verazmente la cultura celta, pese a que la memoria de este pueblo procede de la transmisión oral y de los documentos escritos por sus enemigos, como por ejemplo los “Comentarios a la guerra de las galias” de Julio César.

En la novela hay fragmentos en los que se refleja esta circunstancia:

“Más tarde descubriría que los romanos afirmaban que adorábamos a los árboles, pero los romanos sólo ven la superficie de las cosas. Los druidas no adoramos a los árboles, sino que adoramos entre los árboles y con los árboles.”

En otros pasajes se describe el significado y las actividades de estos interesantes personajes:

“En pleno invierno el trabajo de los druidas continúa. Mientras nuestro pueblo se aloja en cómodos aposentos, nosotros susurramos a las simientes que dormitan en la tierra helada. Encendemos hogueras que guiarán al sol renuente en su camino de regreso desde los dominios de la escarcha. Supervisamos los nacimientos y los entierros, manteniendo a vivos y muertos en armonía con la tierra y el Más Allá.

Y enseñamos. Las palabras de un druida se oyen más claramente en el vigorizante silencio de un día invernal”.

Un fragmento está dedicado de forma especial al árbol celta por antonomasia:

“El tejo es la madera del renacimiento. Las ramas de un tejo crecen hacia abajo en la tierra para formar nuevos troncos, mientras el centro del árbol se pudre con la edad. Ningún hombre puede saber la edad de un tejo, puesto que muere y renace simultáneamente. El tejo es sagrado.”

Y una nota histórica al final del volumen nos hace saber que:

“Donde en el pasado el gran bosque de los carnutos coronó un cerro por encima del río Autura, se alza ahora la gran catedral de Chartres. Cada año millares de galos rinden culto entre sus columnas de piedra mientras el magnífico rosetón resplandece con la luz del Más Allá”.

 

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