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haiku o haikú.

(Voz japonesa, a través del ingl.)

 1. m. Composición poética de origen japonés que consta de tres versos de cinco, siete y cinco sílabas respectivamente.

El haiku japonés no tiene título ni rima, su simplicidad es tal que se puede prescindir de los signos de puntuación y de las mayúsculas, de alguna forma se parece a lo que decimos hablando.

En el haiku abundan los sustantivos, es una forma poética predominantemente nominal de expresión sencilla y concisa.

En cuanto al contenido “haikai es lo que está sucediendo en este lugar, en este momento” nos dicen los poetas japoneses del s. XVII.

El poema suele tratar sobre la naturaleza, la realidad, de lo que perciben los sentidos.

El haiku clásico es una apreciación directa de un acontecimiento, a menudo trivial, que llama la atención del poeta (haijin o persona que escribe haiku), el cual lo espiritualiza y lo eleva por encima de su pequeña trascendencia. La fuente de inspiración para el poeta suele ser un monte, un arroyo, la vegetación o el clima.

En todos los casos el haiku está impregnado de un fuerte sentimiento de estación: primavera, verano, otoño, invierno y Año Nuevo, concepto éste último muy tradicional y con connotaciones propias en la tradición nipona.

El haiku ha permanecido durante siglos íntimamente relacionado con la cultura japonesa, con tradiciones niponas centenarias como la ceremonia del te, el arreglo de jardines, los bonsáis, el arreglo de flores (ikebana), la caligrafía o las artes tradicionales (pintura, música, teatro). Este vínculo no ha impedido sin embargo el conocimiento y posterior adopción del haiku por parte del mundo occidental, y su consideración definitiva como género poético abierto y universal.

El cineasta ruso Andrei Tarkovski, a menudo tachado de críptico y oscuro, dice: “el lector de un haiku tiene que perderse en él, como en la naturaleza, tiene que dejarse caer en él, perderse en sus profundidades como en un cosmos, donde tampoco hay un arriba y un abajo…” “Con solo tres puntos de observación los poetas japoneses fueron capaces de expresar su relación con la realidad. No la observaron simplemente, sino que sin prisas y sin vanidades buscaron su sentido eterno”.

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