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Encargué “Signatura 400” una tarde del mes pasado. Semanas atrás el título había llamado mi atención desde un correo electrónico de novedades literarias. La sinopsis comenzaba así: Ni siquiera tiene nombre. Y es que nadie habla con ella, como no sea para pedir libros en préstamo. Su consuelo: las buenas lecturas (siempre de autores muertos) y estar rodeada de seres incluso más tristes que ella.

Se dió la curiosa circunstancia de que el mismo día que me acerqué a la librería habían recibido un ejemplar pedido por encargo, y que otra persona había preguntado por él esa misma tarde. La dependienta estaba un tanto… sorprendida.

Cuando al fin el libro llegó a mis manos comencé a leerlo convencida de que iba a sumergirme en la melancólica historia de una bibliotecaria.

Pero no fue así.

Me encontré con un monólogo de algo más de cien páginas, sin capítulos, sin diálogos, sin descansos, que me trajo el recuerdo de  Lola Herrera sobre el escenario, vestida de negro, velando el cadáver de Mario…

Unas cuantas páginas más adelante mi expectativa romántica se esfumó definitivamente. La bibliotecaria le hablaba a un lector que se había quedado encerrado en la biblioteca toda la noche. Y hablaba, y hablaba, y hablaba… ácida, desencantada, intolerante, despectiva, victimista, neurótica en estado puro.

Un libro puede gustar por muchos motivos: tema, estilo, autor, género… Sin embargo  existe un tipo de libros que no cumple ninguno de estos parámetros. Son libros que provocan una respuesta visceral, razón aparente  para dejar de leer… pero de pronto caes en la cuenta de que la autora es tan buena como para que un montón de palabras escritas provoquen una reacción incómoda… y continuas con la lectura.

Y al fin la descubrí: una mujer acantonada en el sótano de la biblioteca pública, refugio de protección frente a la vida real. Una mujer capaz de decir de si misma: “la mujer invisible, soy la mujer invisible, la responsable de la sección de geografía”. Y la crispación se abrió a la comprensión, el rechazo a la ternura, ya que esta mujer sin nombre todavía conservaba una pizca de esperanza en la felicidad.

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