Desde hace semanas, no digo meses porque me da cierto reparo, los cinco comensales que  nos conocimos en el blog de “la mesa 9” estamos tratando de quedar  un rato para charlar y tomar lo que se tercie. Somos pocos, pero la tarea de encontrar una tarde para vernos  está resultando un reto.

Reconozco que soy difícil de encajar en previsiones, lo reconozco. Pero hoy Irulegui ha dejado en el aire un comentario llamativo: ésto no sólo le sucede con nosotros; le cuesta encajar fechas con la gente con la que se relaciona fuera del trabajo, con compañeros antiguos de estudios, con…  

Entiendo que hay ciertas épocas en las que no tienes tiempo más que para vivir al ritmo que toca, y ya es bastante.

La carrera contrarreloj que te deja agotado al final del día,  con la sensación de que has estado apagando fuegos en todas direcciones, y el tiempo que se esfuma sin dejar ni un momento para tu vida personal, es lo que se vive cuando los hijos son pequeños. No digo que  sea ni bueno ni malo, es así.

Mis hijos han crecido, ya no vivo a golpes de entradas y salidas de colegio, actividades extraescolares, baños, cenas y demás “obligaciones” , y sin embargo… no hay manera de alcanzar aquello de “vivir la vida en ritmo lento”. Ahora soy yo la que tiene extraescolares,  una pila de libros esperando en la mesilla, un calendario con  muchas fechas marcadas y unos cuantos amigos pendientes de ver. 

Conforme pasan los años aparecen nuevos compañeros de camino, piezas únicas que no se pueden dejar escapar, pero que necesitan su tiempo, su espacio, su ritmo.

Y los de siempre, y los recuperados….

Pero… ¿por qué llenamos nuestra vida hasta los bordes sin dejar resquicio para momentos “vacíos”?. A esta pregunta le sumo la sensación, independiente de la edad, de que el tiempo se ha acelerado, de que pasa más deprisa, como si un relojero invisible le hubiera quitado dientes al engranaje de las horas.

¿Qué le pasa al tiempo? ¿qué nos pasa a nosotros?

 

Anuncios