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Hoy había quedado con un amigo para tomar una cerveza, pero la cita se ha pospuesto. Cuando  he salido del trabajo y me he visto con toda la tarde por delante la decisión ha sido rápida y fácil: dar un paseo en bici.

Llevo menos de dos meses pedaleando por la ciudad. En las primeras escapadas, más largas y lejanas,  me ha custodiado el “culpable” de mi vuelta al  mundo de las dos ruedas. Me encanta acusarle de haberme metido el gusanillo, porque  así puedo demostrarle, un tanto camuflados,  mi agradecimiento y aprecio.

La primera salida en solitario me costó tembleques y apuros. Pensé seriamente en ponerme una “L” como si fuera un conductor novel, pero se ha quedado en eso, en una idea. En cada paseo gano un poco más de seguridad, y cada vez disfruto más. Empiezo a observar, más allá del miedo a los peatones, a los cristales en el suelo o a los coches.

La tribu de los ciclistas es una tribu curiosa. El grupo más numeroso es el de la gente  joven que todavía no ha caído en la trampa del coche. Y hay muchas mujeres, muchas más de las que esperaba, repartidas en dos grupos: las de treinta y tantos para las que la bici es un rasgo más de su carácter práctico e independiente; y las más maduras que avanzan con sosiego y disfrute.

Esta tarde he planeado una excursión fotográfica . Como muchas ciudades amuralladas Pamplona tiene un Paseo de Ronda o, lo que es lo mismo, un camino en lo alto de la muralla  desde el que los soldados vigilaban el horizonte.

A comienzos del verano descubrí, paseando con otro amigo, que las fachadas de las casas que flanquean el Paseo eran el escenario de una performance peculiar.  Artistas desconocidos habían colgado maletas en las barandillas de los balcones y en las verjas de las ventanas , maletas que contaban las historias de sus dueños. Historias como éstas…

 

 

 

 

 

si encontráis un rato para acercaros… encontraréis muchas más ….

 

 

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