Etiquetas

Hace muchos años que mi padre me contagió el gusanillo del baile. Era un bailarín consumado con el que bailé infinidad de veces… recordarlo me hace sonreír.

Pero con el tango mi experiencia es escasa, así que cuando una amiga me propuso acudir a una velada nocturna de tango las imágenes que desfilaron por mi mente fueron las de una pareja bailando apasionadamente; vestido negro ceñido y tacones de aguja para ella: traje oscuro, corbata y sombrero para  él, o sin sombrero pero con el cabello engominado… ¡es la maldición de los tópicos!.

 

Mi amiga estaba ilusionada, esa noche estrenaba sus nuevos zapatos de baile, que habían llegado como si de una cenicienta moderna se tratara. Subida en ellos iba a dejarse llevar, abandonando entre giros y compases las preocupaciones y el anhelo de felicidad.

Todo lo que yo esperaba encontrar se esfumó cuando traspasamos las puertas acristaladas del hotel. El salón era inmenso, y en la penumbra se distinguía  la zona de baile rodeada por una nube de mesas redondas. Las luces de colores parpadeantes dejaban sombras ardientes en el suelo y tres parejas, pasada la cincuentena, bailaban suavemente.

Me senté al borde de la pista y saqué mi cámara. Quería conseguir una foto con la que llevarme aquel espectáculo a mi casa, una instantánea para el recuerdo. Y empecé a disparar, una foto tras otra, persiguiendo las siluetas en movimiento, buscando un plano que acabó irremediablemente enfocado hacia el suelo. El diálogo de los pasos era hipnótico, sugerente, provocador, azotando el aire para caer y volver a acompasarse en la misma respiración, en el mismo latido.

Abandoné la cámara sobre la mesa para contemplar: la frente de ella se apoyaba en el rostro de él, la cintura girando entre sus manos, los ojos cerrados y los pasos que les arrastraban en una ola de movimiento, de un lado a otro de la sala, con la música clavada en el alma.

Cuando el baile cesó y las parejas se separaron el hechizo se rompió contra el suelo como una pompa de jabón. Quedaron los bailarines mirando en direcciones distintas, recolocaron ellas sus vestidos, se secaron ellos el sudor y volvieron los comentarios en voces de muchos acentos, entre ellos el sonido inconfundible del “vos”.

En una sola noche tango, arte, magia y corazón, todo un lujo.

Anuncios